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¿Por qué no soy feliz si lo tengo todo?

Por Qué No Soy Feliz Si Lo Tengo Todo

Desde que empecé a escribir sobre la ciencia de la felicidad, amigos y conocidos me hacen, de vez en cuando, preguntas sobre el tema. Algunas tienen una respuesta relativamente sencilla, otras me dejan pensando.

Hace poco, una amiga me hizo una de estas últimas:

—Tengo una buena pareja, hijos, amigos, un buen trabajo, no tengo problemas económicos… En realidad, tengo todo lo que quería. Entonces, ¿por qué no soy feliz si lo tengo todo?

La pregunta me pareció especialmente interesante por sus últimas palabras: “lo tengo todo”.

Porque, si aparentemente lo tienes todo, parece que también deberías ser feliz. Y cuando no lo eres, a la insatisfacción se añade muchas veces cierta culpa: no tengo motivos para sentirme así, hay personas con problemas mucho más importantes que los míos.

Pero quizá el problema esté precisamente en la idea de “tenerlo todo”.

¿Qué significa realmente tenerlo todo?

Cuando decimos que alguien lo tiene todo solemos pensar en una buena pareja, familia, amigos, salud, un trabajo satisfactorio, dinero suficiente para vivir bien…

Y, desde luego, todo eso importa.

El problema aparece cuando convertimos esos ingredientes de una buena vida en una especie de fórmula universal de la felicidad.

Pareja + familia + amigos + salud + trabajo + dinero = felicidad.

Ojalá fuera tan sencillo.

Porque “tenerlo todo” no es realmente una descripción objetiva de nuestra vida. Nadie tiene literalmente todo.

Cuando decimos “lo tengo todo”, lo que muchas veces queremos decir es algo bastante diferente:

“Tengo todas las cosas que pensaba que tenía que conseguir para tener una buena vida.”

Y eso nos lleva a una pregunta bastante más incómoda:

¿Tienes todo lo que necesitas para ser feliz o tienes todo lo que aprendiste que había que tener para ser feliz?

No es exactamente lo mismo. Además, está el problema de que la felicidad no es una materia escolar que se explique y que entonces puedas estar seguro de saber todo lo necesario al respecto.

Nos acostumbramos incluso a las cosas buenas

Seguro que alguna vez has deseado algo con todas tus fuerzas. Un trabajo, un ascenso, una casa, un aumento de sueldo, un viaje… Cualquier cosa que en aquel momento imaginabas que iba a mejorar mucho tu vida.

La consigues y durante un tiempo es fantástica, pero pasan los meses y el nuevo trabajo acaba siendo simplemente tu trabajo. La nueva casa se convierte en tu casa. El sueldo que te parecía estupendo empieza a parecerte simplemente tu sueldo.

Algo que durante meses ocupaba buena parte de tus pensamientos termina formando parte del paisaje.

Los psicólogos tienen incluso un nombre para este fenómeno: adaptación hedónica. Tendemos a acostumbrarnos, al menos en parte, a muchos de los cambios positivos que se producen en nuestra vida. La investigación sobre bienestar subjetivo muestra, además, que nuestra adaptación varía mucho según el tipo de acontecimiento y que algunos cambios tienen efectos bastante más duraderos que otros.

Nuestra capacidad de adaptación es fantástica cuando las cosas van mal, pero tiene esta curiosa contrapartida: también nos acostumbramos a lo bueno.

Por eso conviene distinguir entre conseguir algo y tenerlo.

Conseguir algo puede darte felicidad. Tenerlo no garantiza que siga haciéndolo.

Esto no significa que el dinero, el éxito profesional o las comodidades materiales no importen. Importan. El dinero proporciona seguridad, libertad, experiencias y la posibilidad de resolver muchos problemas.

Ya he hablado de ello cuando explicaba por qué el dinero no da la felicidad. Pero que algo contribuya a nuestra felicidad no significa que pueda sostenerla por sí solo.

Quizá has conseguido la vida que querías hace diez años

Hay otra posibilidad que me parece todavía más interesante; piensa por un momento en la persona que eras hace diez o veinte años: ¿Qué esperabas de tu vida?

Es posible que muchas de las decisiones que has tomado desde entonces hayan ido encaminadas, consciente o inconscientemente, a construir esa vida. Y quizá lo has conseguido.

El problema es que la persona que ha llegado hasta aquí ya no es exactamente la misma que comenzó el viaje.

Cambian nuestras prioridades. Cambian nuestras relaciones. Cambian nuestras ambiciones. Cambia nuestra forma de entender el éxito, y también cambian las cosas que necesitamos para sentirnos bien con nuestra vida.

Por eso podemos encontrarnos en una situación aparentemente contradictoria: conseguir aquello que queríamos y descubrir que ya no nos satisface como imaginábamos.

Quizás tienes todo lo que un día pensaste que necesitabas para ser feliz. Eso no significa que sea todo lo que necesitas hoy.

No tiene por qué ser un fracaso, puede significar simplemente que has cambiado.

Una vida no es una sola cosa

Creo que aquí aparece otro de los problemas de la pregunta de mi amiga; cuando pensamos en nuestra felicidad tendemos a valorar nuestra vida como si fuera un único bloque. Pensamos en una disyuntiva binaria del estilo: mi vida va bien vs. mi vida va mal; o soy feliz vs. no soy feliz, pero nuestra vida no funciona así.

Nuestra felicidad tiene que ver con lo que somos, lo que sentimos, lo que hacemos, cómo vivimos y también con lo que tenemos.

Puedes estar muy satisfecho profesionalmente y sentirte solo, tener una familia maravillosa y haberte olvidado de ti o tener mucho dinero y vivir permanentemente estresado. Puedes querer muchísimo a tu pareja y sentir que vuestra relación necesita más atención. En definitiva, puedes disfrutar de muchos momentos estupendos y, sin embargo, cuando miras tu vida en su conjunto, sentir que algo no termina de funcionar.

Una vida puede parecer completa desde fuera y estar desequilibrada por dentro.

Hace tiempo que intento mirar la felicidad precisamente de esta manera, no como una única cosa, sino a través de los diferentes ámbitos de nuestra vida que son importantes para nosotros. Es lo que llamo los Micromundos de la Felicidad. Micromundos que además organizo dentro de las 4 dimensiones del ser humano:

  • Dimensión mental
  • Dimensión física
  • Dimensión espiritual
  • Dimensión relacional

La pareja puede ser uno de tus micromundos relevantes, la familia, otro, los amigos, el trabajo, la salud, nuestro tiempo personal, aprender, sentir que hacemos algo que merece la pena… Cada persona tiene sus propios micromundos. Y, además, no tienen por qué ser los mismos durante toda la vida.

Esto cambia bastante la manera de enfrentarnos a una pregunta como “¿por qué no soy feliz?”.

Porque esa pregunta es enorme. Tan grande que podemos darle vueltas durante meses sin encontrar una respuesta, por eso prefiero otra mucho más concreta:

¿Qué parte importante de mi vida no está funcionando como me gustaría?

Lo puedes analizar a nivel marco, analizando cada una de las dimensiones del ser humano o bajando al nivel de cada micromundo. Quizá el trabajo funciona estupendamente, pero estás dedicándole un tiempo que echas de menos en otros sitios.

Quizá tienes una buena relación de pareja, pero hace años que no encuentras algo que te ilusione personalmente.

Quizá aparentemente no te falta nada, pero hay una dimensión que tienes abandonada o un micromundo importante que lleva demasiado tiempo pidiendo atención.

Mirar nuestra vida de esta manera no significa que todos nuestros micromundos tengan que funcionar perfectamente. Eso sería imposible. La vida contiene problemas, preocupaciones, decepciones, incertidumbre y etapas difíciles. Ser feliz no significa eliminar todo eso.

No necesitas que todas las partes de tu vida sean extraordinarias para ser feliz, pero probablemente necesitas que aquellas que realmente te importan funcionen razonablemente bien. Además, también necesitas estar en una tendencia ascendente, porque de lo contrario tu sensación será negativa y afectará a tu manera de sentirte.

Por eso, puede ser más útil dejar de buscar la felicidad como si fuera algo que nos falta y empezar a observar cómo está funcionando la vida que ya tenemos. Yo pienso que la vida es un viaje y que la felicidad consiste, en buena medida, en disfrutar de ese viaje. No se trata tanto de cuánto tienes, sino de identificaar que partes de tu vida son realmente importantes para ti y observar cómo está cada una de ellas. En «Mis Micromundos de la Felicidad: 8 áreas para vivir mejor» explico una forma sencilla de hacerlo.

Entonces, ¿por qué no soy feliz si lo tengo todo?

No existe una única respuesta, pero después de todo lo que hemos visto hay tres posibilidades en las que merece la pena detenerse:

  • Ya te has acostumbrado a algo que en su día te hizo enormemente feliz. Necesitas algo nuevo en tu vida o mejorar en algo.
  • Tus objetivos actuales ya no son tan importantes para ti. Ahora te das cuenta de que realmente nunca fueron relevantes o que pudieron ser importantes para tu yo de hace un tiempo, pero no para el actual.
  • Muchas cosas funcionan bien, pero existe algo importante en tu vida que estás descuidando.

Por eso, si alguna vez te descubres pensando “no soy feliz y no entiendo por qué, si lo tengo todo”, piensa en tus dimensiones o en tus micromundos, o si eso te resulta muy complicado, puedes hacerlo de una manera mucho más práctica; en lugar de preguntarte inmediatamente qué más necesitas conseguir, prueba a hacerte tres preguntas diferentes:

¿Sigo teniendo experiencias, retos o aprendizajes que me ilusionen?

¿Tengo objetivos o propósitos que me motiven?

¿Qué parte importante de mi vida necesita más atención?

A veces, la solución a “no soy feliz” no consiste en añadir algo más a nuestra vida, sino que en descubrir qué parte de nuestra vida necesita que volvamos a prestarle atención.

Piénsalo, por ahí empieza todo…

Conrado Martínez
Conrado Martínez
Director de Marketing Estratégico y Happiness Trainer, autor de Los Micromundos de la Felicidad y creador de ConradoYMas.com. Comparte conocimientos y reflexiones sobre estrategia, marketing, comunicación, desarrollo personal y ciencia de la felicidad, con un enfoque práctico y cercano.

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